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Biotecnología y ética ante los nuevos retos científicos

By 13 noviembre, 2019 No Comments

Recientemente se ha celebrado el #BioComunica19 organizado por la Asociación de Comunicadores de Biotecnología un evento que año tras año ¡y van cinco! se consolida como el foro de obligada presencia para quienes son y tienen algo que decir en el mundo de la Comunicación en Biotecnología en nuestro país.

En BioComunica 2019 tuve la oportunidad de compartir una Mesa de debate sobre Biotecnología y ética ante nuevos retos científicos con dos compañeros de excepción: Íñigo de Miguel investigador en el UPV/EHU y Lluís Montoliu,  investigador en el CNB-CSIC y CIBERER-ISCIII, los tres conducidos magistralmente por Tatiana Oviedo, biotecnóloga con experiencia en Bioética e Innovación sostenible.

Algunas de las reflexiones que quiero compartir a través de estas líneas son el fruto de nuestro coloquio.

Esta mesa, la primera de la Jornada, comenzó fuerte. Desde el primer momento pusimos sobre la mesa cuestiones vitales: ¿puede la ética, tal y como la conocemos, dar respuesta a los retos actuales que nos plantean las nuevas tecnologías? Vivimos en un entorno global, digital, dependiente de tecnologías disruptivas, que comparten por igual tanto la velocidad de su desarrollo como la rapidez con que devienen obsoletas. Es evidente que la ética no es inamovible, pero también es indiscutible que los reguladores siempre van por detrás de los que lideran los cambios. Ante semejante disyuntiva, ¿cabe seguir hablando de una ética social, de mínimos, que, propugnando la convivencia grupal y teniendo en cuenta la pluralidad social, ideológica, religiosa, asegure derechos colectivos como la justicia, la igualdad y la equidad?, o por el contrario, ¿hemos de defender una ética individual, de máximos, en la que prime lo personal, y lo colectivo pase a un segundo lugar?

Probablemente hemos de armonizar ambos intereses, los individuales y colectivos, propiciando la unidad desde la pluralidad. En este punto, Lluís nos recuerda que tenemos una responsabilidad compartida de gestionar y trasladar adecuadamente a la sociedad los avances en biotecnología y esperar que la legislación y la ética se adapten lo antes posible, que el regulador lo haga adecuadamente en base al concepto base de la responsabilidad.

Llegados a este punto, Íñigo intervino para recordarnos que hace poco más de cien años los biólogos andaban en eso de la genética mendeliana, descifrando el conjunto de reglas básicas que regían la transmisión por herencia genética de las características de los organismos padres a sus hijos, cosa que en su momento supuso un hito en la evolución de la Biología. Hoy en día, están cambiando las reglas que rigen el futuro de la Humanidad y el resto, incluidos los eticistas, vamos muy rezagados. El avance de la biología, gracias a la tecnología, se ha disparado de forma exponencial y no tenemos capacidad de adaptarnos, pues utilizamos estructuras físicas y metálicas propias de épocas pasadas; Íñigo apostilla que no vamos a solucionar en diez años algo que hemos discutido durante miles. Pero hay algo que sí podemos hacer: explicar bien a la sociedad, y en concreto a las personas, que nuestros actos tienen consecuencias. Algunas las podemos prever, pero otras muchas trascienden a nuestra propia individualidad.

Lluis nos dice que tenemos que trabajar con responsabilidad compartida y gestionar las expectativas que las nuevas tecnologías científicas como la edición genética y la terapia génica suscitan en la sociedad. Estas tecnologías ya están entre nosotros y por ello no podemos negarnos a aceptar los avances de la Biotecnología, sino que hemos de darle argumentos a la sociedad. En este punto, sentencia Lluís que Europa ha perdido una vez más un tren importante (ante esta afirmación, la mayoría de los presentes asintió con la cabeza). Una aseveración de esta rotundidad es aun más grave si cabe en boca de alguien de su conocimiento y experiencia internacional. Lluís explicó que hay proyectos desarrollados en Europa que triunfarán en otros continentes debido a que nos autoimponemos limitaciones con nuestras normativas. Como ha ocurrido en otras ocasiones, otros se aprovechan de ello. En dos palabras: ¡no aprendemos!

Iñigo comentó que para que los avances científicos sean éticos, debemos valorar la reflexión teórica pura, que se adelanta a la tecnología, y tener en cuenta que quienes están detrás de los avances tecnológicos fácilmente encontrarán a sus defensores. Las nuevas tecnologías nos plantearán nuevos retos, pero los dilemas éticos son los mismos de siempre. Y en eso hemos avanzado muy poco, sencillamente porque los seres humanos somos distintos.

Llegado a este punto introduje una reflexión sobre dos utopías negativas, ambas escritas a mediados del siglo pasado, pero de actual vigencia como veremos, y que las dos dibujan sin ambages la posibilidad, que no certeza, de un mundo terrible.

Me refiero a Un Mundo Feliz de Aldous Huxley (1931) en el que se muestra como el desarrollo biotecnológico puede conducir a un mundo sin envejecimiento, sin muerte, sin dolor, un mundo de individuos satisfechos con el lugar que ocupan en su sociedad, pero ajenos a la idea de culpa o de castigo. Un mundo en suma feliz, pero carente de libertad, un mundo que podemos considerar pos-humano si se tiene en cuenta que, para occidente, la libertad es un rasgo definitorio de la condición humana. La segunda obra a la que me refiero es 1984, de George Orwell (1949) que nos previene frente al riesgo del totalitarismo que pueden propiciar las tecnologías de la comunicación: el Gran Hermano que puede controlar el conjunto de las vidas desde una gigantesca pantalla. Han pasado más de setenta años, pero… ¿les suena familiar y cercano? En ambas distopias el incremento – que no progreso – de las tecnologías puede conducir a un pessimum, no a un optimum.

Esta reflexión es particularmente oportuna estos días en que celebramos el cincuenta aniversario de internet y la eclosión de las redes sociales mientras se nos anuncia un nuevo reto: el de la supremacía cuántica. En fin, queda mucho por hablar y escribir sobre la Biotecnología y ética ante los nuevos retos científicos y los cuatro nos hemos emplazado a ello con el compromiso de compartir y seguir avanzando desde nuestra modesta contribución.

Para concluir el coloquio, recordé que en la Economía de datos en la que estamos inmersos hemos pasado de generar productos y servicios a generar datos y espero que la ética en este nuevo ecosistema forme parte de su arquitectura, por lo que me atrevo a aseverar que la Bioética tiene cabida, tiene futuro y además (argumento supremo hoy día) es rentable.

Jaime del Barrio

Senior Advisor de Healthcare & Life Sciences en EY